Las ciudades que se desvanecen en el aire

Extractivismo urbano. Nueva York, Estambul o Buenos Aires mutan y transforman la vida de sus habitantes. Se permuta lo viejo por torres, barrios perimetrados y una brecha social cada vez mayor.

POR GABRIELA MASSUH

Mientras corremos a través del mundo de la infancia, apresurándonos por salir de él, eufóricos por la inminencia del final, no somos conscientes de que durante esa carrera somos protagonistas de un proceso de destrucción que nos rompe el corazón.

La cita es de Todo lo sólido se desvanece en el aire de Marshall Berman. El “proceso de destrucción” se refiere al Bronx, su barrio natal en Nueva York, partido en dos por el trazado de una autopista que lo convertiría durante décadas en la contraseña internacional de las pesadillas urbanas, peligrosa, infame y devastadora. Igual que Hannah Arendt (comprender es comprender lo que está puesto en juego), el aprendizaje de Berman está signado por la experiencia de la pérdida. En este caso, se trata menos de la infancia que del paisaje que emblemáticamente la contenía. La autopista era parte de las gigantescas reformas urbanas de Robert Moses, aquel polémico demiurgo que selló para siempre la imagen del american way of life , esa pacatería tecnicolor protagonizada por la típica familia americana que migró hacia asépticos suburbios con jardines al frente. Hollywood se encargó de exportar este modelo paradisíaco que polucionó al planeta entero de una idea de libertad equiparada a la posesión de un automóvil.

Vistas en perspectiva, las reformas de Moses tienen dos interpretaciones. La primera, que fueron la piedra fundamental del desarrollo económico de los Estados Unidos después de la crisis del treinta, impulsando hasta el paroxismo la industria automovilística, de electrodomésticos y del consumo de comida chatarra. La segunda es la de Marshall Berman, víctima de ese “progreso” y reverso del milagro: el habitante medio de la ciudad, aislado por la falta de transporte público, acosado por la aparición de guetos violentos, obligado a asistir a la desaparición de su variopinto barrio de inmigrantes con negocios a la calle.

En Ciudades Rebeldes , David Harvey retoma el tema. Explica la destrucción del espacio público de las ciudades modernas en términos económicos. En este contexto, el corazón partido de Berman es la reacción individual frente un sistema de acumulación que necesita expandirse no en función del desarrollo humano, sino para colocar excedentes. Harvey demuestra que los grandes proyectos urbanos, empezando por el de París de Napoleón III, hasta la construcción de mega ciudades en China, Qatar o Abu Dabi, ponen en movimiento esa maquinaria que es inherente al capitalismo: la inversión.

La construcción ocupa un lugar privilegiado en materia de inversiones. Nadie cuestiona que es el factor en materia de empleo; incide de manera decisiva en las estadísticas de crecimiento y genera la sensación de movilidad y aceleración, señal de que algo cambia. De manera creciente, la construcción devora los paisajes urbanos supliéndolos de escalas cada vez más ambiciosas: edificios cada vez más altos, rutas más anchas, autos más veloces, armas más potentes, drones más sofisticados. Ese “más” es el progreso y quien se oponga peca de nostálgico, retrógrado o loco.

Pero Berman no era nada de eso. Su añoranza del barrio perdido es el emblema de una experiencia de la modernidad que no sólo atañe a la ciudad de Nueva York. Esa noción de pérdida gratuita se da hoy en todas partes, producto de la ciudad convertida en botín exclusivo de un crecimiento económico que no “derrama”. Gran parte de la construcción de la actualidad produce bienes de cambio que incrementan el valor del suelo excluyendo a los que menos tienen. Las ciudades están convirtiéndose en un conglomerado de, custodiados día y noche, cada vez más cerrados sobre sí mismos y carentes de suficientes espacios públicos donde tener la experiencia de la multiplicidad.

La ciudad-botín obedece a un patrón de acumulación basado en la sobreexplotación de recursos y bienes comunes. Se nutre de la misma lógica extractivista de los monocultivos intensivos o la mega-minería, provocando, igual que ellos, destrucción de la multiplicidad, acumulación y reconfiguración negativa del tejido urbano. La ciudad-botín no es para todos. Acumula territorios comunes, expulsa a los menos poseídos y trabaja para un abstracto target multinacional que se desplaza por los no-lugares de las altas finanzas. O bien, como dice el abogado ambientalista Enrique Viale, “en las ciudades no hay petróleo, no hay minerales; pero hay tierra pública para alimentar la codicia de las corporaciones.” El extractivismo urbano genera conflictos de visibilidad creciente y se manifiesta a través de nuevos formatos de protesta social, que van desde manifestaciones por el derecho a la vivienda digna, pasando por acciones judiciales en defensa de la demolición patrimonial, hasta la indignación generalizada frente al aumento indiscriminado de los precios del transporte público. Al ritmo de los “saneamientos” de las topadoras, aumenta la exigencia de una ciudad no hecha a medida del marketing y la especulación, sino a imagen y semejanza de quienes la habitan, de sus usos, tradiciones y costumbres. Los violentos sucesos de Estambul en defensa de la Plaza Taksim en junio de 2013; en diciembre del mismo año, la insólita movilización de dos mil efectivos policiales en Hamburgo para desalojar a los ocupantes de un antiguo teatro convertido en centro cultural destinado a ser demolido; las protestas brasileñas por el aumento del transporte que llamaron la atención en todo el mundo, a las que El país les dedicó el titular “Nuestros veinte céntimos son el Parque de Estambul”; la brutal represión y migración forzada de miles de habitantes de Sochi para los Juegos Olímpicos de invierno en Rusia…, son sólo algunos ejemplos recientes del potencial de conflicto que conllevan proyectos concebidos a espaldas de la legitimación ciudadana.

¿Y por casa? La situación de la ciudad de Buenos Aires no es diferente. Un diez por ciento de su población, cuyo número total no llega a los tres millones de habitantes, vive en la precariedad extrema de las villas. Al mismo tiempo, el censo nacional de 2010 arrojó una la cifra alucinante del 27 por ciento de viviendas nuevas vacías. Habría que preguntarse para quién se sigue construyendo en una ciudad cuyo número de habitantes no ha variado desde 1946.

Siguiendo la experiencia subjetiva de Marshall Berman, la atropellada transformación del tejido urbano provoca, si se permite el término, la ajenidad de un paisaje usurpado. Las calles pueden llevar el mismo nombre que en la infancia, pero no las reconocemos como propias porque han perdido su especificidad de ser huellas del pasado y amparo en el presente.

Fuente original: Revista de Cultura Ñ

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