Andar y la construcción de nuestra propia identidad

Me ha parecido muy interesante este artículo sobre andar. Destacaría igualmente la idea de que andar nos permite perder nuestra identidad, reinvertarnos, darnos otras identidades, otras posibilidades.

‘Andar nos enseña a desobedecer’

  • Experto en psiquiatría, filosofía de la pena y Foucault , Fréderic Gros ha escrito un tratado sobre el andar en el que relaciona las ideas de pensadores como Kant, Thoureau, Nietzsche y Rousseau con su manera de caminar. Una reivindicación del placer del paseo.

El filósofo francés Fréderic Gros, paseando por la universidad de...

El filósofo francés Fréderic Gros, paseando por la universidad de Barcelona. JOAN MANUEL BALIELLAS MUNDO

LETICIA BLANCOBarcelona

Actualizado: 05/12/2014 21:36 horas

A Kant, Rousseau, Rimbaud y Nietzsche les gustaba salir a andar. Todos lo hacían de forma diferente. Los paseos del joven Rimbaud, dispersos y desordenados, estaban llenos de ira, mientras queNietzsche buscaba en ellos la tonicidad y lo energético de la marcha. Kant era metódico y sistemático: tomaba cada día, a la misma hora, la misma ruta. Todos trasladaron en algún momento su despacho de trabajo al campo, donde las ideas fluían libres, en plena naturaleza. Examinándolos de cerca, esos paseos guardan cierto paralelismo con sus reflexiones, sostiene el filósofo francés (y gran caminante) Fréderic Gros en Andar. Una filosofía (Taurus), un bestseller en Francia que acaba de traducirse.

 ¿Cuándo empezó usted a caminar?

Relativamente tarde, a los 20 años. Fueron unos amigos los que me aficionaron. Ya cuando era niño me gustaba irme solo a las colinas pero lo cierto es que el andar sistemático, como excursión, me llegó más tarde. Mi primera experiencia importante fue el verano que hice la vuelta a Córcega. Recorrí el camino GR-20. Es difícil, pero la alianza entre alta montaña y el mar lo convierten en algo precioso.

 ¿Cuántos kilómetros hizo?

Éramos siete personas y lo recorrimos en 15 días, no sé cuántos kilómetros hicimos. Lo cierto es que cuando uno anda no cuenta los kilómetros porque la dificultad de los senderos hace que uno pueda recorrer, en ocasiones, muy pocos kilómetros en un día. Cuando uno anda por caminos más fáciles, llanos, lo que se considera la media del peregrino son 40 kilómetros diarios.

 ¿Qué opina de las aplicaciones que calculan la distancia, incluso las calorías consumidas ?

No las uso. Lo importante es tener una visión de conjunto y eso sólo se puede tener con un mapa desplegable. Respecto a las calorías, cuando uno se plantea caminatas de siete o más horas, lo que preocupa es llegar al próximo refugio.

 En su ensayo relaciona el andar con grandes filósofos, ¿por qué?

Esos pensadores convirtieron las montañas y los bosques en su lugar de trabajo. Para ellos, andar no era una actividad deportiva o un paseo turístico. Realmente salían con sus cuadernos y sus lápices para encontrar nuevas ideas. La soledad era una de las condiciones para crear.

 ¿Y la relación entre la manera de caminar y sus ideas?

Es que hay maneras de andar que, efectivamente, son estilos filosóficos. Por ejemplo: Kant era muy serio y disciplinado, y es un filósofo que establece unas demostraciones muy rigurosas con definiciones muy estrictas. Tenía un estilo de andar que consistía en hacer todos los días el mismo paseo, a la misma hora. La escritura de Nietzsche, mucho más dispersa, con menos cohesión, tiene que ver con el hecho de que él buscaba en el andar sensaciones de energía y luz. Su escritura es muy brusca y rápida, no tan demostrativa como la de Kant.

 ¿A qué se refiere cuando escribe sobre la pérdida de la identidad que se produce al caminar?

Bueno, los efectos de andar pueden variar según la intensidad. Si andas durante cuatro o seis horas estás en compañía de ti mismo, puedes encontrarse con tus recuerdos o nuevas ideas. Pero a partir de las ocho o nueve horas, el cansacio es tal que uno ya no siente más que su cuerpo. Toda la concentraciónl va dirigida al hecho de avanzar. Ahí es cuando se produce la pérdida de identidad, que se debe a la fatiga extrema. Andamos para reinventarnos, para darnos otras identidades, otras posibilidades. Sobre todo, nuestro rol social. En la vida cotidiana uno está asociado a una función, una profesión, un discurso, una postura. Andar es un decapado de todo eso. Al final, caminar no es más que una relación entre un cuerpo, un paisaje y un sendero.

Pero cada vez se camina menos, especialmente en las ciudades, donde cada vez vive más población.
En el Tercer Mundo todavía se anda mucho, pero es cierto que en las ciudades está despareciendo. No están hechas para los peatones.

 Los jóvenes tampoco caminan.

Las nuevas generaciones consideran, y quizá tengan razón, que hay que estar loco para ir andando a los sitios, sobre todo cuando se han hecho todo tipo de inventos técnicos para conseguir que no tengamos que andar. Para ellos, caminar es algo monótono, en parte porque las pantallas nos han acostumbrado a cambiar de imagen muy rápidamente y cuando andamos, los paisajes evolucionan muy lentamente. Además, cuando andamos, siempre hacemos lo mismo.

 Y eso se percibe como algo aburrido.

Para algunas personas, caminar es lo más opuesto que puede haber al placer porque de manera espontánea tendemos a comparar el placer con una excitación. Y para que haya excitación se necesita novedad. Dicho esto, descubrir el placer de andar puede ser algo totalmente exótico. Uno descubre una dimensión de la existencia que hoy en día está prácticamente proscrita: la lentitud, la presencia física. Durante la marcha, todos los sentidos están presentes: se escuchan los ruidos del bosque, se ven las luces…

 ¿Qué le parece que los jubilados sean los que más andan?

Los sabios de la antigüedad tenían un dicho que hoy podría soprendernos, que es: «ten prisa por llegar a la vejez». Porque ellos consideraban que la vejez era ese momento de la vida en el que uno podía liberarse de todo y dedicarse al ciudado de uno mismo, le souci de soi, en latín cura sui. La marcha, además, no tiene nada de violento ni de brutal. Hay una regularidad en ella que apacigua, calma. Y se aleja de toda búsqueda de resultados. Por eso la primera frase del libro es: «andar no es un deporte». No hay que hacer marcas, no hay que superarse a sí mismo. Andar es una experiencia de lo más auténtica, aunque quizá no moderna.

 ¿Andar le ha liberado a usted del mundo académico? He leído que ahora está preparando un libro sobre la desobediencia.

Thoureau escribió el primer ilbrito sobre andar y, curiosamente, también escribió el primer libro sobre la desobediencia civil. Y es verdad que andar nos enseña a desobedecer. Porque andar nos obliga a tomar una distancia que también es una distancia crítica. En el mundo académico todo el mundo está obligado a demostrar lo que dice. En este libro quería volcar ensoñaciones. La pregunta que hago a los pensadores que aperecen en él no es qué es lo que piensan, sino cómo andan. No he querido volver a las doctrinas, sino explorar los estilos

Fuente original: http://www.elmundo.es/cataluna/2014/12/04/54808daeca4741f0748b456b.html

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An Introduction To Capitalism

Urbanismo y desigualdad social en un barrio de Barcelona

José Mansilla, miembro del Observatori d’Antropologia del Conflicte Urbà (OACU)

Antes de nada quiero reconocer el homenaje, casi plagio, que hago del canónico trabajo de David Harvey, Social Justice and the City, editado comoUrbanismo y Desigualdad Social en su traducción al castellano, en el título del presente artículo. Reconozco mi total devoción por la obra de Harvey por lo que no es de extrañar que, a la hora de pensar en una frase corta y atractiva que definiera el texto que viene a continuación, me viniera a la mente el nombre de uno de sus trabajos más conocidos. Eso por un lado y, por otro, porque define como pocos la dialéctica transformadora que se está produciendo en la actualidad en muchos de nuestros barrios y ciudades.

El urbanismo, como ya señalara Herni Lefebvre hace más de 40 años, se ha convertido en uno de los principales instrumentos del capital a la hora de controlar el espacio. Las dinámicas que azotan las ciudades bajo el neoliberalismo han llevado a las mismas a convertirse en verdaderos objetos de deseo para el capital financiero e inmobiliario. Ejemplos tenemos a miles, desde la venta de promociones completas de pisos de protección oficial a fondos buitre en Madrid, pasando por losproyectos de transformación y desplazamiento socioespacial en barrios como Malasaña, en la misma ciudad, o las campañas y programas que impulsan las Smart Cities, en Barcelona o A Coruña. Estos ejemplos coinciden en dos cuestiones básicas: la consideración de la ciudad como un generador de rentas, ya sea a través del suelo o de los servicios que proporciona a sus habitantes, y la colaboración, cuando no el impulso, de las instituciones municipales en la consecución de sus objetivos. La última frontera del capitalismo, como afirmara el geógrafo Neil Smith.

La cuestión es que, para poder extraer hasta la última gota de los beneficios que producen las ciudades, es necesario transformarlas primero en otra cosa, aunque también durante el proceso es posible obtener grandes plusvalías. Una ciudad conformada por vecinos y vecinas activos, donde prevalecen valores de uso frente a valores de cambio, autogestionaria, reivindicativa, social e inquieta no seduce, desde luego, al capital. Para éste, una ciudad atractiva es una ciudad de y para el consumo, pacificada, poblada de relaciones sociales neutras, limpia, ordenada y callada. Aquella que, desde determinadas instancias políticas, se suele señalar como lejos de la incertidumbre y la inseguridad. Y es aquí donde aparece el urbanismo como elemento transformador.

El barrio del Poblenou, en Barcelona, es un buen ejemplo de todo ello. Objeto de deseo desde hace décadas, el viejo Manchester catalán, poblado durante años por fábricas y chimeneas es, hoy día, el reino de las clases medias. Con el derribo, al final de la década de los 80 del pasado siglo, de parte de su obsoleto tejido industrial para situar en él la Villa Olímpica de los Juegos del 92, comenzó un proceso de transformación social digno de la más absoluta de las utopías sociales. Además, la Villa Olímpica no fue un hecho aislado. A lo largo de los siguientes años siguieron cayendo fábricas y levantándose bloques de viviendas para rentas medias y altas y donde, históricamente, había existido un solo barrio, con una identidad fuertemente obrera y cooperativista, aparecieron cinco nuevas unidades altamente dispares. Tan dispares que, en el distrito del que forman parte, se encuentran algunos de los barrios más ricos y más pobres de Barcelona. La propia Villa Olímpica, con un indicador de renta familiar disponible (según datos de 2012) de 146,6, sobre un total de 100 considerando a la totalidad de la ciudad, y el Besòs con un índice que, a duras penas, supera el 50. El proceso es dinámico, pues en solo cuatro años dichas diferencias han aumentado. Para el capital una ciudad atractiva es una ciudad de y para el consumo, pacificada, poblada de relaciones sociales neutras, limpia, ordenada y callada

Por otro lado, el capital simbólico del barrio, su identidad, cuando no ha desaparecido, es usado por parte de las empresas turísticas como un reclamo más. Las nuevas familias que habitan sus calles, formadas por jóvenes profesionales con niños y niñas en edad escolar, se han acercado al barrio, en parte, por su localización cercana a la playa, pero también por su carácter amable, casi de pueblo. Los precios del suelo no hacen más que subir repercutiendo directamente sobre los alquileres y los importes de compraventa de viviendas y locales, y los más jóvenes, casi recién llegados a un mercado laboral cada vez más precario, ven imposible seguir en el barrio de sus padres, mudándose a otras zonas más asequibles. Mientras, antiguos negocios, bares y ultramarinos de toda la vida cierran, y tiendas de muffins, bares, restaurantes, terrazas y más terrazas aparecen. Su protagonismo es tal que los vecinos de toda la vida son parte de su clientela. El proceso de transformación social llega, así, al interior de las personas.

Algunos llaman a este proceso gentrificación, o elitización si a uno no le gustan los neologismos, pero lo que es evidente es que no es un hecho aislado sino el resultado de las políticas urbanísticas, y sobre lo urbano, que se desarrollan hoy día en nuestras ciudades. El urbanismo no es neutro, sino que está cargado de intencionalidad, la intencionalidad de transformar nuestros barrios y ciudades desde espacios de uso a espacios de consumo, y donde la desigualdad social no es un daño colateral, sino el fin último del proceso.

Fuente original: https://www.diagonalperiodico.net/global/24946-urbanismo-y-desigualdad-social-barrio-barcelona.html