Urbanismo en la ciudad post-socialista: un viejo y no gentrificado parque en el centro de Gdynia (Polonia)

Las dinámicas urbanas en la sociedad industrial capitalista condicionan en gran medida la forma de entender la calle, la forma de hacer uso de ella. Me ha parecido formidable el artículo de Manuel Delgado en su blog personal “El carrer com a espai perdut” (la calle como un espacio perdido). En el habla de como los niños son expulsados de lo que un día fue su “imperio natural”: los barrios, la calle, ámbito de socialización fundamental y del que ahora se les preserva por “amparar la caricatura que de ellos se ha hecho”. “Acuartelados” en casa o en la escuela, conentrándose en especios singulares para “el consumo y la estupidez”, poniéndose en manos de monitores que los monitorizan, los protegen de la “calle”, al tiempo que protegen a esa misma calle-ahora gentrificada y bonita pero desierta de niños- de la dosis supletoria de maraña que los niños siempre están en condiciones de añadir. Negando a los niños el derecho a la ciudad, continúa, se les niega a la ciudad mantener activada su propia infancia. (Ver también este)

Este artículo me ha recordado a una escena que durante varios meses se repetía en mi vida cotidiana en la ciudad polaca de Gdynia. Durante una temporada solía escribir mi tesis doctoral en la biblioteca pública y a menudo hacía descansos para pasear y comer algo en un parque cercano. Considero interesante esta reflexión por lo excepcional de esta experiencia dado que en Gdynia, al igual que en otras muchas ciudades post-socialistas, también es pertinente hablar de una “pérdida de la calle” y espacio público en general. Así fue como lo describí en su día. También saqué algunas fotos.

Es habitual escuchar un bullicio de gente charlando junto con las voces de niños jugueteando por la plaza. Suelen ser un grupo de unos 6 o 7, con edades comprendidas entre los 2 y los 10 años. A simple vista se puede ver una amigable relación entre ellos. El mayor juega con una botella de plástico, mientras el más pequeño, entusiasmado, no le quita el ojo de encima. Lo mira con signos de admiración, como si de un tesoro se tratase. De vez en cuando surge algún conflicto, nada que no arreglen ellos mismos, y si no es así, allí está algún adulto para impedirlo. En una de las fotos, una señora sentada en el banco llama la atención a uno de los chicos por haber empujar una chica, ambos de unos 5 años. Una pareja permanece sentada amorosamente en otro de los bancos. Yo, como tantos días, observo estas escenas mientras tomo mi almuerzo.

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